INOCENCIA INTERRUMPIDA
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Carta a Mi Agresor

"El primer castigo del culpable es que jamás será absuelto por su conciencia." -Agustín Pedro Justo

Aquí encontrarás una carta que le escribí al hermano de mi padre, quien abusó sexualmente de mí durante dos años . Es una carta que al escribirla no pretendí entregarla, pero que me sirvió como método de liberación y sanación y que fue uno de mis primeros intentos de decir lo indecible y nombrar lo innombrable.

A estas alturas de mi vida puedo entender perfectamente bien lo que me hiciste. Lo he revivido una y otra vez en mis recuerdos, en mis sueños y cada vez que me altero al sentir que algún ser querido me toca de la misma manera en que lo hiciste tú. No he sido capaz de olvidar la sensación de impotencia y pánico que me invadía cuando escuchaba el sonido de tu cinturón desabrochándose ni tus palabras después de bajarte los pantalones: "Oye ________ , ¿te gustaría sentir esto dentro de ti?" Es probablemente la razón por la que, hasta el día de hoy, se me revuelve todo cuando alguien se atreve a llamarme así.

En ese entonces tenía sólo ocho años. Difícilmente eran suficientes como para entender lo que me estabas proponiendo. A esa niña (que tuvo que preguntar qué significaba la palabra violación cuando la escuchó por primera vez en las noticias) debió habérsele permitido crecer a su propio ritmo, decidir por sí misma qué cosas hacer, cómo y cuándo. Después de haber soportado tus abusos por dos años pasó casi una década hasta que di mi primer beso. ¿Te das cuenta de qué tan fuera de tiempo y lugar estuviste?

Me despojaste de mi inocencia y de mi confianza y dejaste un gran vacío en mí, que ni el amor de mi pololo, mi familia y mis amigos ha podido llenar en su totalidad. Me hiciste creer que el sexo es algo que los hombres necesitan y quieren tan desesperadamente, que no les importa a quién tengan que herir para obtenerlo. Me hiciste sentir como que eso era la único que yo era capaz de hacer que realmente importaba.

Fue bajo, por decir lo menos, cómo te aprovechaste de la situación por la que pasaba mi familia. Tuviste la agudeza de percibir que todos estarían demasiado ocupados con "cosas mayores" como para darle la debida importancia a una persistente infección urinaria, a las incapacitantes jaquecas o al capricho de una niñita que se rehusaba a comer. Te diste cuenta que nadie sabía leer las desesperadas señales que mi cuerpo enviaba y que nadie escuchaba mis silenciosos llamados de auxilio. Incluso sabías que había quienes me celebraban el refugio que encontré en los libros y el estudio.

Aunque nunca me lo advertiste ni me amenazaste, tenías la certeza de que nunca hablaría. Conocías muy bien la cultura en la que estaba creciendo, una cultura en la que las heridas del alma se omiten, se niegan, se callan y se esconden, sobre todo si son provocadas por alguien de la misma familia. "La ropa sucia se lava en casa", escuché decir en varias ocasiones, y todo me indicaba que se debía siempre sufrir en silencio, sobre todo siendo mujer. Aún no entiendo si es por exagerado pudor o por orgullo, pero hasta el día de hoy me da la impresión que todos en la familia apuntan a aparentar un cierto "ideal", del cual irónicamente cada uno tiene su propia versión. Sea cual sea el caso, sabías que me pesaría la lealtad, la protección de la imagen de la familia, y que tendría grabado demasiado a fuego la sacralidad de esta unión como para siquiera despertar una sospecha de las aberraciones que fuiste capaz de hacer conmigo.

En este contexto supiste ganarte mi confianza y mi cariño, supiste hacerme sentir especial e importante para ti. Con el dolor de mi alma, me atrevo a decir que al principio tus caricias me agradaron. Caricias que, con extrema delicadeza, fuiste degenerando de forma muy gradual, hasta hacerme hacer cosas horribles, muchas de las cuales hasta el día de hoy no logro verbalizar.

En ese entonces yo era lo suficientemente ingenua como para pensar que nuestros encuentros eran casuales. Pero ahora en retrospectiva me imagino lo repulsivas que debe haben haber sido tus planificaciones. Yo era tu plan, era el objeto que habías elegido para satisfacerte, sin tener la menor consideración de lo que me causarías a MÍ, a la persona que había detrás de esa niña.

Sentada en la orilla de tu cama, aún recuerdo la primera vez que tu mano, que descansaba sobre mi rodilla, encontró su camino bajo mi vestido y mis calzones. No paraste de hablarme, pero cuando comenzaste a tocarme ya no podía escuchar lo que me decías. Y cuando guiaste mi mano hacia un pedazo de carne inerte que en pocos segundos adquirió vida propia, mis sentidos comenzaron a apagarse uno a uno. Sólo quedaba una sensación extraña entre mis piernas. Recuerdo cómo me paralicé, cómo mi cuerpo no me respondía y cómo me "salía" de mi misma para mirar la aberrante escena como una espectadora.

Siempre me he preguntado qué tanto placer te pudiste haber provocado con mi cuerpo de niña, con dimensiones de niña, en el cual difícilmente podía caber tu monstruosa humanidad. Pero las silenciosas lágrimas que derramaba de dolor al sentir que me moría al partirme en dos (tanto en cuerpo como en alma) nunca fueron para ti un impedimento ni una limitante. No sólo me robaste a destiempo y brutalmente mi virginidad, sino que además me privaste del derecho a crecer y desarrollarme como una mujer "normal", sin la necesidad de reprimir deseos angustiantes ni sentir culpa por sensaciones que vendría a descubrir años más tarde.

Cuando tus "sesiones" terminaban recuerdo cómo sentía mi corazón latir en mi garganta, cómo el dejo en mi boca me provocaba arcadas, y cómo entre mis piernas seguía sintiendo el ardor y el dolor que me provocaba la presencia de un objeto ajeno que ya no estaba. Te tomabas tu tiempo y te preocupabas hasta del más mínimo detalle para no dejar ninguna huella. No sabes el asco que me provoca cuando recuerdo cómo, con la mayor ternura, limpiabas mi cara, mis piernas, mi guata y el resto de mi cuerpo de aquel "pipí blanco" que era tan pegajoso, y revisabas mi ropa para no dejar rastros que delataran tan torcida actividad. Paradójicamente, me sentía como si hubiese sido yo quien cometió el crimen.

Pero no fui yo quien te causó todo ese placer. No fui yo quien accedió a tocarte como me decías, a ponerme en las posiciones que me pedías o a tragar lo que me indicabas en el momento en que se te antojaba. Hice el ejercicio de desdoblarme quizás demasiadas veces hasta que llegué a dominarlo a la perfección. Es así como tengo muchos momentos de mi infancia absolutamente borrados, una época de la vida de la que se supone uno tiene recuerdos auténticamente felices.

Sin embargo mi memoria no ha sido tan generosa conmigo y no me ha dado toda la tregua que desearía. En este último tiempo he desenterrado muchos recuerdos, varios de los cuales habría preferido morir con la incertidumbre de que efectivamente ocurrieron. Y después de todos estos años estoy recién comenzando a entender esta disociación, y estoy recién aprendiendo a reconectarme con mi cuerpo. Pero a pesar de todos los sustentos que tengo, el camino no se me ha hecho fácil. En demasiadas ocasiones he puesto en riesgo mi integridad física en fallidos intentos de externalizar mi dolor y mi angustia (los que a veces sencillamente siento que me sobrepasan), sólo para quedar con el amargo sabor de la culpa y la vergüenza, las que muchas veces son seguidas por un miedo sobrecogedor al darme cuenta de lo que fui capaz de hacerme a mí misma.

A lo mejor tus juegos y tus regalos fueron tu manera de pagarme por lo que me hiciste. Incluso a veces quisiera pensar que fue tu manera de pedirme perdón. Pero eso no puede quitarme la mancha con la que me condenaste a vivir el resto de mis días. Siempre lo sentí y lo sigo sintiendo como una manera que tuviste de comprar mi silencio. Porque me cuesta creer que en todos estos años no has tenido ni siquiera un momento de lucidez. Pero siempre has sido cobarde, siempre te has refugiado en la pseudo-locura en la que tienes convencido al mundo que vives. Y me frustra haberte dado en el gusto al mantener tan asqueroso secreto.

No hay suficientes regalos ni favores que sean capaces de devolverme mi salud mental y emocional. Han pasado muchos años desde la última vez que abusaste de mí y, a pesar de todo, los recuerdos están más vivos que nunca en mi mente. Después de quince años, todavía me descompongo al entrar a la casa en que vives y no tienes idea de lo devastadores que han sido los efectos de lo que me hiciste.

Es un esfuerzo supremo el que debo hacer para asumir mi realidad y vivir en el presente, sin preguntarme cada mañana cómo habría sido mi vida sin tus abusos. Ha sido una eterna batalla el aceptarme con mi historia sin sentirme menoscabada, indigna y obligada a hacer cosas que la sociedad valore. Quizás como una forma de autovalidarme, me he obligado a vivir con un nivel enfermizo de autoexigencia, en un esclavizante camino hacia la inexistente perfección, en el que una pequeña equivocación me hace caer a pedazos internamente y me derrumba mi ya inestable mundo. Aún no logro perdonarme la hipocresía en que me obligas a vivir al esconderle a mis seres más queridos una parte tan importante de mi vida y que ha dejado huellas tan profundas en mí. El no sentirme preparada ni capaz de concebir y criar un hijo en esta etapa de mi vida es un problema que me acecha como una sombra y al cual aún ni siquiera he comenzado a hacerle frente. Y hoy, a mis veinticinco años, la sexualidad me resulta algo absolutamente insondable y pavorizante al mismo tiempo.

Aunque no creo que te importe, mis sentimientos de culpa, de vergüenza y mis estigmas me imposibilitan el perdonarte. Y aunque llevo tu mismo apellido, al menos tengo el consuelo de no ser tu hija. Nunca me vuelvas a tocar. No quiero ni un abrazo, ni un solo baboso beso. Quiero que sepas que el único motivo por el cual siquiera me acerco a ti es para ver a mi abuela. Cuando ella ya no esté, no tendré razón para arriesgar mi estabilidad al estar cerca de ti.

No tienes idea cuántas lágrimas derramé al escribir esta carta ni cómo siento el desgarro de mi corazón al traer a la luz tantos hechos que hasta ahora habían permanecido ocultos como fantasmas en los confines de mi mente, y que desde allí condicionaban mi diario actuar. Pero no quiero que pienses que lo hice por ti. Porque por ti no soy capaz de hacer absolutamente nada. Escribí esta carta por mí, en un intento de limpiar heridas que supuran desde hace ya demasiado tiempo, para mi liberación y sanación, para reconciliarme conmigo misma y, después de muchos años de negación, aceptar estas experiencias como mías en toda su dimensión.

Ahora sólo me queda hacerte una última pregunta: ¿Vale la pena el placer que te provocaste conmigo ahora que sabes cuánto me has herido y cuánto te odio por ello?

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