Mi Historia (2a parte)
Si aún no has leído la 1a parte de mi historia puedes hacerlo aquí ya que esta es una especie de continuación.
Ha pasado ya un tiempo desde que decidí entrar a terapia. Aunque sólo han sido unos cuantos meses, han sido de los más intensos de mi vida. Han habido cambios en lo más profundo de mí, y muchas veces a contrapelo, he tenido que remover el pasado para poder seguir avanzando hacia el futuro. Y escarbando he encontrado. He encontrado respuestas a muchas de mis interrogantes, pero también recuerdos que a veces dudo si fue positivo desenterrar.
No dejo de recriminarme que mi primer acercamiento sexual debiera haber sido un momento de deleite con un dejo de sana vergüenza e inocente curiosidad, debiera haber sido un momento memorable, debiera haber sido con algún niño de mi curso que me hiciera sonrojar cada vez que me mirara o me hablara y yo debiera haberlo sentido como un momento en el paraíso. Pero no fue así. Ni siquiera fue a los ocho años con mi tío, como habría podido jurar que fue durante todo este tiempo...
Sólo se requieren de unas pocas palabras para poder expresar lo que ha aflorado desde lo más profundo de mis recuerdos, pero son palabras que calan mis huesos, que me duelen como pocas cosas me han dolido en mi vida:
Mi tío no fue el único que abusó de mí; mi abuelo paterno fue uno más de mis agresores y, me atrevería a decir, un pedófilo.
He tenido recuerdos terribles, recuerdos donde él me tocaba, me practicaba sexo oral, se masturbaba conmigo sentada en su falda y luego me retribuía con chocolates. Inventó un juego en el cual hace no mucho tiempo me di cuenta que yo nunca habría podido ganar para poder satisfacerse conmigo y mi cuerpo. Desarrollé aversiones a ciertas comidas, tales como el helado de chocolate (me decía que ese sabor tenía yo "ahí abajo") y el yogurt (probablemente por su semejanza con el semen).
De algún modo estos encuentros eran mi única ventana a un mundo fuera del mío, y en ellos era frecuentemente el blanco de la humillación. A pesar de que estos encuentros sólo sucedían unas cuantas veces al mes, el resto de los juegos y risas que llenaban mi vida no podían borrar esos episodios, los que me robaron la inocencia de a pequeños pedazos.
Me ha costado conectarme con el dolor asociado a todos estos abusos porque no siempre me dolió físicamente, e incluso a veces me gustó. Una vez que el acto terminaba, no me largaba a llorar en un rincón por lo que me habían hecho, como mucha gente esperaría. Sin embargo, no entendía lo que había sucedido ni cuán terrible era. No podía prever el daño que me causaría y cómo me cambiaría a mí para siempre. Cuando ya tenía la suficiente edad como para entender lo que había sucedido, las emociones seguían sin tocarme. Elegí escaparme de mi cuerpo para salvarme del horror y después de todos estos años, de alguna manera se volvió en mi forma de vida.
Disociarme es lo que hice para sobrevivir a los abusos que sufrí durante mi infancia. Era mi cómodo y confiable método de escape. Eventualmente, este acto se transformó en una respuesta automática ante cualquier cosa con la que me costaba lidiar, en un patrón del cual dependía para sobrevivir el día a día. Cuando pequeña me transmitieron que no era seguro tener emociones, ni en la casa ni en el colegio, ni con mi familia ni con mis amigos. En la casa, mi rabia se encontraba con furia, mis lágrimas se encontraban con intimidación y las guardé tan profundamente en mí, que ahora que es tiempo de desenterrarlas, me cuesta encontrarlas.
He buscado en tantos lados. Intenté acercarme a la Iglesia, buscando allí lo que no había encontrado en ninguna otra parte. Fui acogida, pero creo que nunca realmente sané del abuso sexual del que fui víctima durante mi infancia. De algún equivocado modo me llegó el mensaje que si yo aceptaba a Jesucristo, entonces estaba sanada, que de alguna milagrosa manera mi antiguo yo desaparecería y sería otra persona. Pero todavía tenía muchos dolores sin resolver... creo que fue porque nunca tuve el duelo apropiado, nunca realmente sentí ese dolor, sólo lo cubrí o escondí con unos kilos demás, o con ayunos y hambrunas o con una sonrisa que incluso me hizo ganar premios. Nunca me volví a Cristo para que sanara ese dolor por mí, creía que sólo tenía que olvidar. Pero esto es algo que no se olvida. Pasa a ser una parte de uno.
Cuando recién comencé a lidiar con el abuso, no sabía los estragos que me había causado emocionalmente, y no fue hasta que examiné mi vida y mi infancia que comencé a darme cuenta que mi infancia no había sido "normal". Al principio, me sentí absolutamente sola con todo esto, pensaba que había sido todo mi culpa, de alguna manera explicándome a mi misma que el abuso "realmente no importaba" en el esquema de mi vida. Qué equivocada estaba. Tenía mi autoestima por el suelo, constantemente me culpaba y me degradaba, tenía pensamientos suicidas, luchaba contra una depresión terrible, tenía ansiedad y sufría de constantes jaquecas. Hasta que no comencé a lidiar con el abuso, no me daba cuenta cómo ni cuánto me había afectado.
Aunque toda esta historia es aún algo que mantengo en secreto (con excepción de unas pocas personas), para mí ha sido tremendamente sanador poder hablar libremente de ella... aunque creo que es lo más difícil que me ha tocado hacer en mi vida. Pero cada día que pasa siento que estoy más cerca de volver a tener el control de mi vida. Me esfuerzo para intentar encontrarle sentido a lo que pasó, a encontrarle el lado positivo. Obviamente hay días que me cuestan más que otros. Sin embargo siempre hay una chispa, una esperanza, una voz de verdad que no puede ser negada, incluso dentro de toda esta depravación y crueldad. Esta voz viene desde mi interior, débil pero determinante, alentándome a sobrevivir. Es la voz que me logró sobrellevar la enfermedad mental y el incesto en mi familia. Espero que esa misma voz en un futuro me llame a hacer más que sobrevivir, sino que a realmente vivir. Que me llame a la grandeza.
Santiago de Chile
Marzo de 2008
Subir...