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Testimonios de Sobrevivientes

Título: Culpable-víctima-sobreviviente
Autor(a): Amfortas
Fecha: 8 de Septiembre de 2009

Actualmente, soy un varón de mas de 40. Tenía ocho o nueve años, y mi hogar era disfuncional (padre alcohólico, madre indiferente, hermanos peleándose, maltrato a la empleada del hogar). Yo era un niño que podía salir a cualquier hora del día, incluso hasta después del horario de mis hermanos mayores. Tenía un grupo de amigos de barrio, algo mayores que yo. Uno de ellos tenía un hermano, ya en plena juventud. A veces iba a su casa, y el hermano mayor enviaba a mi amigo a comprar pan o algo. Y entonces, me dijo la primera vez que yo me había sentado sobre un líquido que me tenía que extraer, y si bien no hubo penetración, si me bajó el pantalón y hurgó en mi ano con su dedo. Esto ocurrió unas cinco o cuatro veces más.

Yo me sentía incómodo, pero confiaba en él por ser mayor. Además, me regalaba cosas (revistas o juguetes que él mismo fabricaba). Hasta que un día no quise que pasara. Tiempo después, me sentía muy mal, lloraba por las noches, recién entendía lo que me había ocurrido. Mi padre, mientras tanto, estaba en otra ciudad, sólo venía los fines de semana. Una noche, no pude más y fui al cuarto de mi madre, llorando, y le conté lo que había pasado. Su reacción fue culparme por lo que había pasado, por no haberla obedecido cuando me decía que no entrara a casas de extraños (¿dónde estaba ella, dónde mis hermanos mayores?). Quise abrazarla diciéndole que ya todo había pasado, pero me rechazó con un seco y molesto "¡no me toques!".

Con el paso de los años, creí que con el tiempo olvidaría todo. Mi madre nunca me trató con cariño, yo trataba de complacerla en todo pero nunca sentía que lograba hacerla feliz. Yo no sabía cómo iba a afectar esto mis relaciones con las mujeres. Cuando llegué a la adolescencia, trece o catorce años, simplemente huía de ellas. Recién después, cuando acudí al terapista, entendí que mis relaciones, por llamarlo de algún modo, se basaban en la búsqueda de rechazo más que de afecto, esa era mi manera de relacionarme con las mujeres.

De otro lado, me sentía menos que los demás hombres de mi edad, por lo que me había ocurrido. Al terminar el colegio, en otra ciudad, lejos de la ciudad de mi violación, (creerán que es una digresión, pero es algo con mucho peso en mi vida), traté con más intimidad a una compañera escolar, de quien me enamoré. Y esta cosa empezó a operar dentro de mí, pues ella era como lo que hubiera sido yo si hubiera desarrollado todo mi ser libremente, sin traumas. No llegué a nada con ella, no porque no le simpatizara, sino por que no podía creer que podía amarme. No pude amarme a mí mismo, y por eso no creía que alguien más podía amarme.

Si bien me mudé a otra ciudad, nos comunicabamos -como amigos, o eso creía yo- por carta. Y la conocí quizá mejor que nunca. Pero al mismo tiempo, supe que su vida iba en subida, desarrollándose profesional y personalmente, mientras que la mía iba en picada: elegí una profesión que no me interesaba en lo más mínimo (por complacer a mi madre), tuve pésimas relaciones con mujeres. Acudí a un terapista, quien me ayudó a librarme de la culpa: gracias a esa terapia, entendí que no era culpable de lo que me había ocurrido, y que el rechazo de mi madre había originado un tipo de relación con las mujeres y el mundo basada en el rechazo y el sufrimiento.

Si bien acudí a terapia por cinco años, pasé de sentirme culpable a sentirme víctima. Y fue peor, pues la etapa de culpabilidad por lo menos me impulsaba a actuar. Caí en un estado de apatía, de sentirme no culpable pero sí sucio, de haber sido tratado injustamente por la vida. Rompí todo contacto con personas positivas y amigas, y en particular con ella, mi ex compañera de estudios. Pensaba "ella se está convirtiendo en una profesional de éxito, en una persona sana y feliz. Yo no estaré nunca a su nivel, ni al nivle de los hombres que conozca". En 1989, incluso llegó a escribirme preguntando por qué no la visité en un viaje anterior que hice a la ciudad donde había vivido antes. No contesté esa carta (ahora entiendo que por qué buscaba el rechazo, porque aún no tenía suficiente autoestima para creer que algo bueno podía ocurrirme a mí).

Pasaron los años, y conocí a mi actual esposa. Supongo que buscaba "normalidad", algo a qué aferrarme, afecto y amor. Pero no quise ver que en realidad busqué a esta compañera porque estaba llena de problemas: económicos, emocionales. La lógica de buscar rechazo cambió por la de buscar sufrimiento, en el fondo. Lo que más compartimos fue la tristeza, en todo caso, me hacía sentir mejor estar con alguien tan infeliz como yo, sin percatarme que su "infelicidad" era temporal y no estructural como la mía. En 1995 ya quería liberarme de esa relación, que se basaba en dejar de hacer las cosas que aún quería hacer por complacerla a ella, por no entristecerla. Supongo que lo intuyó, y se embarazó. Asumí que debía casarme, y así lo hice. Y en ese año, me llamó por teléfono aquella a quien pretendí olvidar. Estaba en mi misma ciudad. Y yo sin empleo, esperando un hijo, teniendo que decidir como loco cómo casarme. Cortesmente, le comenté mi situación. Quedamos como quedan los amigos distantes, "cualquier día nos vemos...". Y no pasó, obviamente.

Me encerré en mi nuevo mundo de padre y esposo. Debo reconocer que mi familia política resultó ser un oasis de comprensión y amistad. Con sus problemas de fondo (por algo "elegí" a esa familia, parecida a la mía por lo de la inmadurez del padre, la dureza de la madre respecto a sus hijos, etc.). Pero no podía obviar, con el paso del tiempo, las hondas diferencias sociales y culturales, ellos son personas muy buenas pero de un estrato sociocultural más bajo. Y eso no deja de ser una cosa en verdad negativa. Y yo me sumí en eso, hasta cierto punto. Nuevamente, vivía como víctima de una situación irreversible. Hasta que, recientemente, ocurrieron varias cosas que aún no se bien cómo manejar, ni por dónde comenzar a contarlas. Conocí por correo a una ex-condiscipula, una profesional que reside en el extranjero. La distancia y su obvio nivel profesional me indujeron a contarle lo que me había pasado en la infancia. En el fondo - como son las mujeres- quería tirarme de la lengua y que le contara acerca de mis sentimientos hacia quien no me queda mas remedio que llamar el amor de mi vida, mi antigua amiga del colegio.

Supongo que nunca de hablar hasta por los codos de ella, aún cuando es una respetable profesional casada y con un hijo. Y fue bueno hablar esta vez. Esta nueva persona me hizo entender que no era ni culpable ni victima solamente (o al menos, eso lo había sido un niño de 8 años, no yo). Me hizo comprender que era esa increíble palabra que es SOBREVIVIENTE. Con recaídas y depresiones, no es fácil, pero ese nuevo concepto me hizo verme, sentirme a mí mismo de una nueva manera, como alguien, como una persona, quizá como un hombre completo, capaz de amarse a sí mismo y -ya demasiado tarde- capaz de inspirar verdadero amor en otra persona. A pesar de mi violación.

Aún me siento extraño- no "menos que otros"-, viviendo y viendo las cosas desde una nueva perspectiva. Por ejemplo, hablar con la gente, amigos o desconocidos, me intimidaba hasta no hace mucho, ahora me doy incluso el derecho de aburrirme de la gente aburrida y mandarlos al cuerno, o no sentirme tan impresionado ante alguien que te cuenta acerca de su -para él o ella- asombrosa vida. Es raro quererse a uno mismo, al menos, así lo experimento. Entiendo también que ser un sobreviviente implica cierta soledad- sé que no voy a olvidar nunca lo que pasó, sé que siempre tendrá efectos en mi vida presente y futura-, pero eso ya no me angustia tanto ni me hace sentir "víctima". Incluso mi mujer ha notado que le temo menos... Y respecto al amor de mi vida... Ha sido triste reencontrarla, ¡vivimos cerca!, y ahora entiendo que no debí verla como alguien tan lejana o tan "por encima de mí". Sigue siendo la mejor persona que podría amar en este mundo, y he comprobado que ella siente simpatía por mi persona, incluso me ha dado a entender que en algún momento ella esperaba algún tipo de acercamiento de mi parte. Conocer a su esposo es algo casi gracioso: hasta nos parecemos físicamente, y en líneas generales, en carácter y costumbres, somos muy parecidos...

Lo que yo creía negativo de mi mismo -no por que lo fuera, sino por que era "mío"- era lo que ella más valoraba en un hombre: la gentileza, la tranquilidad, la sencillez. Es como si todo lo que creí, o que mi mente desarrolló como un mecanismo de comportamiento, me apartó de lo mejor que pudo haberme ocurrido en la vida. Y solo por eso, hoy lamento esa violación. Por los efectos que generó, porque me apartó de las oportunidades que tuve de lograr una vida de realizaciones y decisiones en mi favor, en lugar de actos que siempre fueron contra mi mismo.

Ahora soy un sobreviviente, en un mundo que ha seguido su curso mientras yo luchaba contra mí mismo. No niego que siento cierta amargura al pensar en esto, que recién me encuentro a mí mismo y desarrollo cierta asertividad cuando casi no queda mucho para elegir. No es una historia de triunfo, supongo, sino de sobrevivencia. Pero peor habría sido quedarme en culpable o víctima. Al menos, ahora me quiero y respeto más a mí mismo. Eso es... diferente a todo lo que había sentido hasta ahora. Sólo que es demasiado tarde para muchas cosas, pero eso es parte de la vida. Si al menos puedo darles mejor calidad de vida a mis hijos, estará bien.

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